Caos y remontada

1489003276_152168_1489048677_noticia_fotograma

La masacre del Barcelona al Paris Saint-Germain el pasado miércoles pone sobre la mesa el siguiente orden de cosas: con o sin numeral, remontada es etiqueta trending topic, como también ya es la gloriosa hombrada culé un pasaje bíblico en la historia de Champions. Luego, a tono con los tiempos que corren, el resto de interpretaciones del suceso terminarán moviéndose en la cuerda de lo intangible, porque, a estas alturas, la remontada ya no es solo un adagio futbolístico, sino que también cotiza en la bolsa como un valor seguro.

Desde lo político, lo económico y lo cultural, las lecturas de lo acontecido en el Camp Nou pueden llevarnos entonces al análisis de otras tantas cuestiones con mayor o menor importancia, como que no existen referentes para el contraste o que semejante cataclismo podría no tener réplica en veinte, treinta o cincuenta años.

Sin embargo, después del reality en vivo, del replay y de la enésima reposición, ha de llegar el sabio aficionado a la misma conclusión: no fue solo una remontada, fueron dos remontadas en una sola. Redundante afirmar que no se recuerda, al más alto nivel de fútbol, nada parecido.

Tuvo a bien el Barça, para consumar el milagro, redefinir su condición genética por los noventa y tantos minutos de partido. El Barça, para avanzar a cuartos, se traicionó a sí mismo haciendo lo que casi nunca: canalizando con vértigo y no con fútbol la urgencia de la eliminatoria. Fue caótico, pero también impredecible. El resto era encomendarse a los que hacen daño, que son las bestias de arriba: Messi, Suárez y Neymar Jr., la Santa Trinidad.

Un aparte para el brasileño, que hizo de Messi en el tramo final del partido mostrando galones y categoría para sacar a flote la nave azulgrana, y para el vilipendiado Sergi Roberto, que capitalizó lo imposible cuando diez minutos antes era un mal extirpable en la plantilla culé, según la propia masa social del club.

En lo estrictamente futbolístico, más allá de la presión brutal de los catalanes durante casi todo el partido, no hay mucho que rescatar de este Barcelona-PSG. En ese sentido, el partido dejó una postal ilustrativa: el Barça anotó sus tres primeros goles sin generar siquiera una ocasión clara de gol.

Mérito de Luis Enrique que sus hombres tuviesen la disciplina táctica suficiente para sostenerse todo el tiempo al filo de la navaja con solo una herida de gol. En ese sentido, media de remontada es del técnico asturiano. Así mismo, el aporte de Rakitic y Rafinha tapando espacios para evitar las descolgadas del Paris, de notable hacia arriba.

En el otro vértice de la figura están Emery y los elementos del PSG. Era casi el mismo equipo que hace tres semanas le había pegado un repaso al Barcelona, pero que fue el miércoles al Camp Nou ficcionando un día en la playa. Ciertamente, tuvo el club parisino momentos de relax tras el tanto del caníbal Cavani, pero no fue suficiente. Lo peor, miedo y pánico en figuras establecidas, incluido su capitán, el brasileño Thiago Silva.

Ni en su peor pesadilla el presidente del PSG, Nasser Al Khelaifi, con diferencia el más coherente y lúcido de todos los jeques que reinan en el fútbol, hubiese imaginado semejante retorno a Paris, sin pasaje a cuartos y con su proyecto en la lona. Ello presupone dos cosas: la primera, que el PSG tendrá empezar a guardar silencio cuando de Champions se hable; la segunda, que a Emery le queda al mando del equipo lo mismo que a un trozo de hielo en dos líneas de ron.

Tan desastroso fue lo del PSG en Camp Nou que, incluso con los favores arbitrales que recibió el Barça, queda la sensación de que hay justicia en la remontada.

Aunque históricamente al Barcelona se le encuentra más y mejor aplastando rivales con métodos futbolísticos más ornamentales, esta vez dejó una y vuelta para archivar en sus ya saturadas vitrinas. A partir de ahora, cualquier padrón de remontadas, por extenso que sea, irá a la zaga de la hombrada culé. El milagro de Estambul, los espavientos épicos del Madrid y el resto de gestas perdidas en los anales de la Champions. Todas, de uno en fondo, haciendo cola.

Quedará entonces a los aficionados del PSG, el caos. Como cuando agoniza la fiesta y llega la hora de tomar camino a casa en soledad con un tema de Charlie Zaa sonando de fondo, a media bocina. Esa salsa ligera que toca digerir con alcohol y que termina siendo nada porque le falta, entre otras cosas, de uno a seis montunos.

Anuncios

Balas sin perdón

tridente-del-barca-centro-debate-futbolistico-1421075598875

Hay un instinto jurásico en la MSN que tiene al Barcelona en otro nivel de organización de la materia, un plus de voracidad que vive en sinergia con la genialidad contrastada. Ya habíamos visto galácticos y cuadrados mágicos, pero nunca tres espadas con tanto filo.  Con Messi, Suárez y Neymar Jr. el Barça controla los tiempos del juego con una patente de corso, manejándose a placer en los excesos, emulando el secreto arte de fumadores viejos: parece que se las gastan todas, pero se guardan siempre otra cartuchera repleta de balas sin perdón. Así suena a tres voces una mortífera sinfonía coral mientras hordas de trovadores, temerosos de repetirse en vulgares ejercicios creativos, solo alcanzan a recrear la gesta montándole covers a los mejores acordes de la era Guardiola.

Incluso cuando no le sobra nada, como el martes por Champions ante el flácido Arsenal de Wenger, el Barça de la MSN puede dejar sin patas a la mesa. Aunque equipos sin personalidad como Arsenal suelen ser víctimas dóciles del concurso del tridente, el primer tanto de Messi en el Emirates, finalizando un complot letal entre Suárez y Neymar, es la figuración de una fórmula de control que incorpora nuevos signos al viejo repertorio ganador y que, de paso, sentencia una eliminatoria que vuelve a dejar en evidencia los flojos presupuestos futbolísticos que sostienen a los que optan por el banderín de la Premier League.

Desde aquel patinazo en Anoeta ante la Real Sociedad el 4 enero de 2015, que devino cruzada entre Luis Enrique y el núcleo duro del vestuario azulgrana por la suplencia de Messi y las constantes rotaciones de otras fichas indiscutidas, el Barça ha tomado alas y, hasta la fecha, es un polvorín que vive al tope de todas las competiciones que juega, sin que se vea a nadie medianamente capacitado para hacerle frente.

Este Barcelona ganó un triplete casi caminando y va rumbo a otro sin escalas y mostrándose en una versión superior a la del curso pasado. Tiene a un Messi pletórico que ha relanzado su carrera luego del bajón de rendimiento en 2013 y 2014, a Suárez en una versión mucho más “Rex” de la que ya le conocíamos de los tiempos de Ajax y Liverpool, y a un Neymar que anda recogiendo los pergaminos de las mejores versiones de cracks brasileños en Europa.

Los números son de otra galaxia, pero encandilan más las maneras. Por ejemplo, en lo que va de temporada, la BBC del Madrid le pisa los talones en promedio de gol por partido, pero la sensación devastadora la da la MSN, nunca la BBC ni ninguna otra armada del fútbol actual, por mucho gol que sume.

Con el combo en estado de gracia, Barcelona puede jactarse de flotar a placer lejos de lo que tradicionalmente ha sido su zona de confort, desmontando así varios mitos antes negados por las doctrinas de Guardiola.  Por lo que se ve, a esta versión de Luis Enrique le va igual de bien incitando al caos con el vértigo que controlándolo con el manejo de balón. Se entiende con solvencia tanto en el ataque posicional como en la transición vertical. Ha dejado de ser el Barça de los mediocampistas para convertirse en el de los delanteros. Ha dejado de creer únicamente en la rigidez del bloque compacto para desdoblarse gustoso en el intercambio de golpes. A ratos, que tampoco son muchos, le toca sufrir porque envuelve menos los partidos, pero suele liquidarlos más rápido.

Hay contacto y divergencia entre estos tiempos de Luis Enrique y la época dorada de Pep Guardiola. Ambos tomaron a un elenco que había perdido el rumbo tras par de ciclos ganadores: Guardiola tras la era Riikjaard y Luis Enrique luego de flojas temporadas con Vilanova y Gerardo Martino, sucesores de Pep en el banquillo. En ambos casos, el Barça se rearmó casi sobre la misma base de jugadores, Guardiola creando un producto metódicamente elaborado y Luis Enrique una readaptación más pragmática del mismo. Este Barça tiene un empaque menos barroco que el de Pep y cede en el contrapunteo de estilos que tanto ensalzan los puristas, pero supera a aquel en números, en eficacia y a punto está de hacerlo en títulos para sus dos primeras temporadas.

En ese sentido, Luis Enrique parece tener más méritos de los que en realidad se le reconocen, sobre todo porque sin tanto algoritmo y sin mucha invención táctica que le avale, ha demostrado ser más hábil que otros para poner cada cosa en su sitio, que es, en teoría lo único que necesita una banda con semejantes centuriones arriba.  Sobre el libreto original de presión, control y finiquito se erige el valor punzante del convencionalismo, como receta de un Barcelona con más fisuras de lo que muchos pueden pensar, pero que goza y retoza amordazando al prójimo.

Contra Messi, Suárez y Neymar no aparecen antídotos. Son como una fastidiosa rueca que se atasca desangrando pulgares con total sincronismo entre golpe y golpe. El feeling casi ridículo que advierte el desastre entre risas y cofradías de alta charretera. A estos tipos ya los conocíamos, ya sabemos quiénes son y de dónde vienen, pero no adónde van. Entonces, cuando el peligro asalta la cancha zigzagueante y te agarra como viboreando, a contrapié y desde todos los frentes, usted está muerto y no lo sabe.

El largo camino

04 El largo camino

De sobra saben los puristas del juego que sobre grandes ideas suelen depositarte rezagos de vanidad. Pareciera que el método glorioso toma asiento en la historia y la memoria para luego enquistarse en la inoperancia. Pasa de soberano a lastre porque vive desconociendo la eventualidad de su propio éxito. Así, por ejemplo, el fútbol total de Cruyff mutó a los totalitarismos de la libreta de Van Gaal, el catenaccio a paredón y el ensueño del jogo bonito a la misteriosa necesidad de los próceres de jugar con los sueños que quienes ni las dan ni las toman.

Sobre esa cuerda se pueden figurar en la geografía de nuestro césped analogías y paralelismos a los signos de estos tiempos, porque no distan demasiado a lo que en teoría aguanta la pizarra. Porque los que se nos impone como hoja de ruta pasaría en nociones de táctica por bocetos ilegibles con insinuaciones de garabatos y esas cosas que, por imposibles de asumir e interpretar, suenan a distracciones de melcocha y compadreo.

Tal vez por eso deberíamos saber que, a lo Simeone, partido a partido y sufriendo más de la cuenta, hemos llegado hasta aquí, hasta el hoy, pero cada vez con menos certezas de que el hecho concreto de llegar y estar nos sirva para más que volver a empezar desde cero, una y otra vez. Hay quien dice que se ha ganado mucho en el camino, que se ha sentado cátedra canonizando un estilo irreverente, que los hay peores rifándose el descenso, que se han dado lecciones de sacrificio y pasión por el escudo y los colores, pero la realidad nos sabe sin ratos de sosiego y nuestra suerte se la sigue jugando a diario en inacabables tandas de penales.

Como si no existiera mejor victoria posible que la de conservar el hambre para forjar lo que por incoherente se sabe interminable, se nos sigue invitando a la resistencia y a la épica. Los ideólogos de la maquinaria reajustan lo que entienden necesario. Pinceladas. La zona wifi emplaza el marcaje personal y se canjean viejos cánticos militantes por los metales de nuevos soneros. La orden: seguir jugando a lo mismo que hace décadas atrás. Da igual el resultado.

No obstante, nuevas dinámicas y estilos cada vez más vertiginosos nos superan en velocidad y ritmo. Nunca fuimos virtuosos de toque fino, pero el ladrillo pide a gritos una dosis de “neymarezca”. Nos prodigábamos achicando espacios, pero ya andamos faltos de revoluciones. Éramos una orquesta basculando, pero ya no hay convicción de que se pierda mucho cuando nos ganen las espaldas. No hay fe en la remontada y el equilibrio que antes se enmascaraba en la retórica del colectivo ahora yace fraccionado. Son menos los que disponen de más minutos y nuestras virtudes de antaño se van diluyendo de a poco, aunque sigan siendo karma y osamenta de quienes lucen su decadencia arrastrándonos mar adentro.

Hace tiempo que justificamos el balonazo y la ineficacia del método con la presión adelantada de rivales. Hace bastante que las vacas sagradas dilapidan ventajas llenándose la panza a boca de arco mientras el resto mete la pierna y defiende con el cuchillo entre los dientes. Desde arriba se nos inyecta contragolpe y caja defensiva porque la anarquía es inconstante y desvirtúa el recurso de sociedades que generen progreso. Pasamos del vértigo porque el enemigo propone una ida y vuelta que puede retratar fisuras y nuestro oficio ha de ser el sospechoso arte de anticiparlo y  ponerlo en offside a los ojos del mundo, incluso cuando no lo esté.

A jerarquías enrevesadas sobre el campo se les debe ya un buen estornudo. Tiene que llegar el día en que nos despojemos del dogma para combatir las gangrenas enquistadas en las paredes de nuestra propia institución, que anda descompensada por donde quiera que se le mire. Títularísimos con nada y suplentísimos de talento y academia esbozan una simbiosis que no encuadra en los estándares. Es la verborrea de los impostores del balón sometiendo por goleada a la poesía freestyle de Ronaldinho. Fugas de cantera disfrazadas de panacea y vicio juvenil, pero que son golpes francos a la línea de flotación del sistema y a la credibilidad de una filosofía que genera disonancia en todos los sentidos.

Gestión que no derive en equilibrio perceptible a ras de pasto no puede condenar a la masa a resistir suplencia en perpetuo viacrucis mientras elementos de la zona noble y  sus “grupis” de siempre, cómplices irresponsables de un seguro naufragio, se entretienen abriendo los brazos en cruz detrás de mostradores desiertos y terminales de contenedores en pañales, gritando que son los reyes del mundo. Silogismo de clases donde los humildes que presumen afectos de Maradonas viven como Ronaldos.

Pongamos que aquí se habla de fútbol y no de otra cosa. Pongamos que nuestros síntomas son los de un vestuario autogestionado por el miedo a la gambeta y al cambio de ritmo y que ha sido incapaz de transformar las reglas del juego para dar remedio a su letargo. Un vestuario que amortigua la bronca en los silencios. Que se sabe en tiempo y forma distante al falso nueve y a falsas promesas, pero que cede en el mano a mano y luego se desdobla en las tribunas haciendo la ola con su propia desgracia. Un vestuario inerte que se sabe condenado al fracaso, pero que al igual que la banda de cierto barco, seguirá tocando la misma melodía, aceptando su fatal destino.

 

 

 

 

 

Bale, “The Revenant”

Bale

No hace mucho, Gareth Frank Bale (Cardiff, Gales, 1989) era un fijo en las actas disciplinarias del Bernabéu. Su nombre, siempre de lo señalados, siempre con varias cruces, era el fastidio de la grada. Lo tenían visto para corte marcial pero el galés, a su manera, ha comenzado a dar síntomas de líder tribal. Encontró la regularidad que nunca tuvo y se le ve en una versión mejor rodada, más fílmica. Tomó la lanza y ahora posa de espartano, reclamando comarcas en la geografía de un Madrid en metamorfosis. Como el tupido DiCaprio de la manta y las nieves, Bale es el renacido y el domingo, a falta de pegada y con James pidiendo agua por señas, los suyos le echaron de menos en el Benito Villamarín.

 En la radiografía el galés no da síntoma alguno de ser un virtuoso. Sus prestancias son otras. No le sobra fútbol pero si condiciones y una zurda correosa para empalar guardametas al primer metro que le den. Sus fisuras florecen en los espacios reducidos, pero en los últimos meses las ha ido camuflando con mayor libertad para el galope por fuera. Básicamente, sigue jugando a lo mismo de siempre, pero anda muy resolutivo y le ha bajado los decibelios a los parlantes de tribuna. Antes de recaer de una sobrecarga en un gemelo que le tendrá tres semanas en “off”, contaba goles y asistencias casi por partido. Así, ha dejado de ser la pata coja de la BBC para exhibirse, junto a Benzema, como lo más fiable del Madrid en lo que va de temporada.

Cabe decir que desde su arribo a la capital española en 2013, su caso ha sido uno de los frentes abiertos contra la gestión deportiva de Florentino Pérez y José Ángel Sánchez. La masa social del Madrid, que no es la peña del taller de Pepe Alba en el Vedado, entiende que la acumulación de material top le genera enteros a la empresa pero cogestiona los circuitos futbolísticos de un club empeñado más que otra cosa en traerse al jugador del momento, llámese como se llame, juegue en la demarcación que juegue.

En ese sentido, el galés, que vive de una reconversión tras otra desde sus tiempos en el Tottenham Hotspur, ha cogido palos de todos los cromos. Inadaptado en su momento a los esquemas de Ancelotti y víctima, incluso, de varias “perretas” de Cristiano Ronaldo, algunos todavía lo ven más antojo que solución, un consentido que juega por decreto. En realidad, el único problema de Bale es que los 110 millones de euros de su traspaso le hacen contrapeso y ni su actual estado de forma ni el crédito de haber sido decisivo en los últimos títulos del Madrid le valen para espantarse las moscas de encima.

Pero el once blanco, por lo que se ve, parece ser un personaje muy singular que vive en silencio su propia guerra. Adaptado de sobra al frío, a las tormentas de nieve y a no ver el Sol en las islas británicas, las tempestades de Madrid no le pesan. Improperios de propios y extraños le inquietan poco. El enemigo le fiscaliza desde todos los puntos cardinales, pero Bale entiende menos de castellano que Ramos de algebra y la mofa que a otros disgusta a él le sabe a mandarina.

Por demás, las veleidades del fútbol ya lo elevan a la categoría de mejor jugador británico, que tampoco son muchos, de la historia del Real Madrid. En solo dos cursos y medio, con 108 partidos oficiales, sus registros de goles (49) y asistencias (30), en disonancia con el fútbol que se le ha visto desplegar sobre campo, mejoran con creces el performance de cualquiera de sus coterráneos y su propia media en el Tottenham. Números engañosos, pero notables para un jugador que no patea penales y que solo por concepto de lesiones ha pasado más tiempo jugando golf que fútbol. A todas esas, Bale ha puesto a Gales por primera vez en una Euro, por lo que se intuye que su ficha trae anexa una nota al pie: a quiénes esperen más de él, les va a pasar la vida por delante.

Con Bale, además, parecen confirmarse de golpe un par de tópicos cuando menos sospechosos. El primero, que en las islas británicas se nos vende como fútbol espectacular lo que en cualquier otro lugar pasaría perfectamente por corridas de caballos locos; y el segundo, y no por ello menos puntual, que el creacionismo y el idilio bendito del séptimo día sucumben ante el darwinismo del origen de las especies por la clásica milla.

Messi… ¡Y nada más!

Lionel-Messi

Otro Balón de Oro para Messi, ratos que ya aburren y saben a poco. Son los minutos de ocio y alfombra roja, pasajes para el compacto, sumatoria. A su edad, su botín es un banquete que agobia paladares y nubla sentidos viciosos. A pulso de artificios, el crack ha sometido a la masa y nadie le equipara en galones. Sus perseguidores, los ilustres, pasan por náufragos de mente en blanco, al resto, los ha matado por asfixia. De rodillas, el fútbol le hace pasillo y el genio, adocenado en los altares del superlativo, respira inmunidad.

Hace par de años que el rosarino va con una marcha menos, es el consenso. Antes no había trámite, se escapaba de todos, camaleónico, ganando batallas a pecho descubierto, haciendo la guerra por el mismo. Messi creció, se reprodujo y, cuando le dieron por muerto hace un curso, se reinventó igual de voraz y despiadado, legitimándose siempre en ámbitos de linaje, pero regodeándose en la intermitencia, dosificándose, jugando a ser Messi cuando se le requiere, y cuando no, paseándose en pausas por la cancha, como quien se tumba a orillas del Mediterráneo en convites de mate y asados.

El Balón de Oro ha sido su vitrina. Desde el 2007 no se baja de una terna de finalistas, en su mejor versión no le han hecho ni sombra. Digan lo que digan, nadie en la historia del fútbol puede presumir de semejante trayectoria: siete Ligas Españolas, cuatro Champions League, tres Copas del Rey, tres mundialitos, cinco balones de oro, tres botas de oro. A degüello, el argentino no ha dejado patrimonio europeo en pie. Los grandes feudos, los sagrados, han sido saqueados y sus restos transformados en polvo y asfalto. De sus costillas parasitó un Barça que ha marcado la época más exitosa que se le recuerde a un club de fútbol y, de sus luces, una generación de buenos jugadores que gracias a él son lo que son, y nunca al revés.

Habrá un Di Stéfano, un Pelé, un Cruyff, un Maradona, pero a estas alturas, los argumentos por los cuales Messi no es el mejor jugador de la historia son cuestionables, no convencen. Sus detractores le achacan deudas de mundiales y penaltis, intentan filtrarle con tópicos, pero en fútbol, en títulos, en números y en regularidad queda la sensación de que donde todos se ahogan Messi flota. Su legado y su huella están ahí, son tangibles y siguen contando. Poco más se puede decir.

Hoy, en esa entrega del Balón de Oro, una FIFA en ruinas se ha vuelto a deshacer en símbolos, recreando, para su espectáculo, atmósferas de transición. Al argentino lo han secundado en el podio un Cristiano en horas bajas, que ya da síntomas de debilidad, y un Neymar emergente, en efervescencia, que aguarda en la recámara un día que todavía está por llegar. Así, algunos avizoran tiempos de cambio mientras aguardan precavidos que Messi, rozando los treinta y expuesto por aburrimiento a golpes de facto, decida regresarle al fútbol los signos de democracia que el mismo le quitó.

Seguramente, el genio se inventará algo más, pero ya ha cumplido un ciclo. Sigue en plenitud, pero lo ve todo desde otra dimensión. Se le ha indigestado el mundial, y nada más. Su obra es casi inmejorable y ahora se exhibe más bondadoso que nunca, otorgando penales y galones a benjamines adelantados, preparando una sucesión de poderes acorde a sus intereses. En algún momento se le van a acabar los balones de oro, pero nunca va a abdicar, no le van los roles residuales, seguirá ejerciendo su ley en plan de dictador silencioso que hace y deshace como le viene en gana, serán sus marcas de viejo zorro, un performance que todos conocemos.

Benítez “espadeado”, regresa el Jedi

florentino_560x280

Benítez tuvo en el Madrid la enésima oportunidad de reivindicarse y la dejó ir. Meses atrás, sonaba un Klopp exquisito en el mercado, había otros, pero Florentino, visionario, busco a Rafa, lo sacó del exilio, de la camorra de Nápoles, como quien rescata del desvarío al viejo polizón que, marginado de toda instancia, vive de encargos al margen de la ley. Si había justicia divina, Benítez tenía que terminar como terminó, “espadeado”, por “amarrete”, como no podía ser de otra forma en tiempos de Star Wars. Demasiada exposición, mucha prensa, muchos focos, lo dejaron ciego.

A decir verdad, el chándal le duro bastante a Rafa, más de lo que cualquiera hubiese imaginado. Tuvo, con un plantilla como la del Madrid, chance de reinventarse, como han hecho otros de su fauna con mucho menos, como Ranieri en el Leicester City, pero Benítez nunca ha dejado de ser Benítez, nunca se traiciona, y esa fue su condena. Nadie le consideraba apto para el Madrid, ya no le quedaban galones, pero nadie le hizo la cama, lo salvó Cristiano contra la Real Sociedad, casi lo salva Bale el domingo, pero al Madrid ya le pesan demasiado el Cholo y la MSN, y había que salvarse de Benítez.

Florentino, su único valedor, empeño su palabra y le espero hasta el final, le dio de comer en Navidad cuando debió dejarle en ayuno desde mucho antes, con un Madrid haciendo la peor primera vuelta de campeonato en años, sometido en fútbol y en resultados por la plana mayor de la liga, dejándose puntos por toda España. Hubo paciencia, demasiada, hasta que finalmente tuvo su Waterloo, en Mestalla, justo donde una década atrás Rafa se había hecho Benitez, y a donde nunca debió regresar.

Entonces, vuelve Zidane. Desde su retiro en 2006 en Chamartín todavía andan buscando al sucesor de Zizou en los afectos del madridismo, alguien de ese nivel superlativo, pero que se mueva en su línea, que maneje un perfil más frío, menos obstinado que Cristiano y con más sangre que Benzema. Un estilista con pies de seda e indiscutido que haga sonar de la orquesta del Bernabéu al son que le apetezca, como no pudieron Kaká y Özil, sus eventuales remplazos en tres cuartos de cancha. En ese sentido, el efecto Zidane sigue intacto, como si desde su partida a la fecha hubiese pasado el mismo tiempo que tomó su volea en reventar la cruceta en la final de Glasgow.

Ahora, es turno del francés en la sucesión, no hay otro. Desde hace tiempo lo venden como el Guardiola del madridismo, pero como entrenador, en una temporada y media, solo tiene un descenso con el Real Madrid Castilla a Segunda B el pasado año. En su defensa, tampoco es un improvisado, o sea, no es Maradona. Zizou no ha dirigido nunca en primera, pero al menos le ha dado la vuelta a Europa recibiendo cursos de entrenador, recogiendo la savia de los que saben. Por demás, su nombre está enchapado en los últimos títulos del Madrid. Fue el asesor deportivo de Mourinho el año de la Liga de los récords, en 2012, la última del club, y segundo de Ancelotti en la consecución del doblete de Copa y Champions en 2014.

En cualquier caso, la alternancia le duro poco a Florentino y, paradójicamente, con Zidane regresa al centro de atención su galáctico predilecto, pero al banquillo merengue un perfil de entrenador menos de su agrado, más de izquierda, más “humano”, más cercano al crack, más del corte de Vicente Del Bosque, de Carlo Ancelotti, los más exitosos en la historia reciente del club.

Así anda el ajedrez en Madrid, en completo overbooking, con Florentino a la sombra, contando las muescas de su revólver entre Rafael Salgado y Concha Espina. Benítez a la calle, “espadeado”, y a “Floper” le queda una bala: es la hora de Zidane, retorna el Jedi, como no podía ser de otra forma en tiempos de Star Wars. Zidane genera ilusión, “Floper” la vende, así es como funciona. Le presentaron hoy, fue un regalo en víspera de reyes para el socio, otra distracción, un respiro en plena apnea. Para muchos es improvisación, pero para Florentino es madridismo, madridismo del de siempre, del que perpetúa madridismo desde y para madridistas. Todo es nervio y corazón, un galimatías.